IX
LA VIDA DE LOS OTROS.
Las calles se me hacían largas y cuesta arriba. Ningún lugar me daba la tranquilidad que estaba buscando.
Encontré un cuarto en un hotel barato y limpio. Y como cada día seguía yendo a mi trabajo, sin contar a nadie que ya no vivía con Gabriel. Por ahora no quería decir nada.
Abajo del edificio funcionaba un bar, cálido y familiar, que me resultó acogedor y al que cada día iba a desayunar.
El primer día que fui, pedí una taza de café. Miré mi valija...me preguntaba qué estaba haciendo ahí. Era algo que no podía responderme porque no tenía las respuestas para ello. Traté de sentarme derecha en esa silla del bar, pero sentía que mi espalda se doblaba por el peso del dolor...de la desilusión.
El mozo me trajo lo que solicité y me miró. Había en sus ojos una nota triste. ¿Tanto se notaba mi dolor?
Vi en la mesa de enfrente un anciano con su periódico y un té con medialunas, iba cada mañana con su traje color habano, con chaleco y reloj de bolsillo. Un bastón descansaba en la silla contigua a la suya. Se le veía culto, de esos hombres de mundo, que seguramente tenía mil historias por contar.
En la otra mesa una dama, con mucho maquillaje, bien vestida pero con colores llamativos y tacos altos, se sentaba acompañada de su agenda y una calculadora, escribía con rapidez en una tarjetita (un teléfono calculo) que guardaba en la agenda...pedía compulsivamente cafés chicos, que tomaba casi de un solo sorbo, hirviendo...dejando su marca roja en el borde de la taza.
Más allá dos abogados, uno mas viejo y otro que podría haber sido el hijo, estaban con sus carpetas amarillas de tribunales, hablando de algún caso, fumando sin descanso y riendo sin parar...
Yo observaba en silencio. Acostumbraba a hacer esas cosas. De pronto los abogados se dieron cuenta que estaba mirándolos y sin más, bajé la mirada y seguí tomando mi taza de café.
Cada día me encontraba con esos personajes. Obviamente que a medida que yo iba a diario, iban llegando mas personas, todas distintas, pero había una chica que me llamaba la atención, que llegó al tercer o cuarto día que yo estuviera viviendo en ese hotelito.
Tenía el pelo corto, era delgada, con los dedos de las manos largos, las uñas cuidadas. Posiblemente era secretaria de alguien. Tenía la voz dulce, pero la mirada intensa e inmensamente triste.
Me pregunté que pasaría si me acercaba a convidarle un café. Al fin y al cabo no tenía amigas en ese lugar.
Despacito y con cautela me acerqué a su mesa, con mi cartera y todo pensando: si me acepta me quedo, sino me voy.
Al verme acercarme, me hizo una gran sonrisa.
- Disculpa, podria...?
- Sí, claro...
- Soy Thábatha. Vivo hace poquito al lado, en el hotelito.
- Soy Ana. Vivo a dos cuadras de acá y vengo siempre a desayunar. Estos días no venía porque estuve muy engripada. Pero me encanta este lugar.
- Si, a mi tambien- contesté.
Y nos pusimos a hablar de generalidades, de la vida, los amigos, la familia. Hasta que llegamos al punto álgido de la charla. La pareja.
Yo le conté mi historia de matrimonio breve y echado a perder en poco tiempo...la infidelidad mata todo.
- Si - me dijo como quien sabe del tema.
Ella me contó que estaba casada. Pero que no convivía más con el marido. Que habían sido 8 años de un amor sin inconvenientes. Su marido era un hombre poco demostrativo, no era de decir que cosas lo conmovían, era callado y mas bien retraído.
Pensé que era eso lo que la había llevado a Ana a engañarlo.
- ¿Por eso lo engañaste?-
- Noo! jamás lo hubiera hecho! - me dijo triste, tristísima. Tuve que ir a un psicólogo para aceptar que Andrés me engañó- dijo.
Yo tenía de golpe los ojos mojados..De golpe me acordé de Gabriel y aquella conversación. Pero debía dejar que Ana terminara con lo que me contaba.
Y siguió. Andrés se iba como cada mañana al banco y yo a la escuela, soy docente en una escuela primaria. Una mañana Andrés me dijo que trabajaría en casa. Tenía un escritorio gigante, con miles de papeles llenos de anotaciones. Y yo mi escritorio, con olor a aula, a plastilinas, a témperas, con mil cartelitos diciendo "Seño te quiero" acompañado de un monigote azul con un sol amarillo.
Podía imaginar lo que me contaba.
Y siguió. Ese día yo salí para tomar el subte como todos los días. Cruzaba tres calles, doblaba una, bajaba y tomaba el subte. Pero esa mañana, al llegar al colegio me dí cuenta que había dejado las carpetas con todas las notas de los alumnos para cerrar el trimestre. Asi que una compañera me llevó en el coche hasta casa así hacía más rápido.
El celular de Andrés me daba apagado o fuera del área de cobertura y yo sabía que como tantas veces, lo apagaba para que nadie lo moleste.
- Cuando llegué a casa, saqué la llave del frente y estaba trabado desde adentro. La música impidió que escuchara cuando golpeé. Así que busqué la llave de la puerta trasera de casa y abrí. Su escritorio frente al mío estaba vacío. Giré para buscar mis carpetas y sentí un ruido arriba, en los cuartos. Y la risa de Andrés.
Subí las escaleras muy despacito porque mi corazón hacía mucho ruido. Mi compañera subía unos pasos detrás de mi.
Menuda fue mi desilusión al ver que Andrés estaba desnudo, arrodillado en mi sommier, y en cuatro patas, el gerente del banco! y mi compañera acababa de llegar a mi lado para ver lo que yo estaba viendo!-
Mis ojos no se si no se desorbitaron. Mi mandíbula estaba dislocada. Ana me miraba. Lloraba.
Me confesó que le daba vergüenza contar esta historia pero que su psicóloga le había dicho que debía enfrentar las realidades de su vida.
Me paré, tomé mi cartera y le dije:
- Mañana te veo Ana -
- Hasta mañana Thábatha, sos buena persona para oir...- me dijo.
Y eso pensé cuando me iba a mi trabajo. Empezaría a hablar con las personas, quería conocer más historias. Saber que hay gente que pasó cosas iguales o peores que las mías.
Y yo se las contaré a ustedes.
© Daniela Dominguez.
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